El Dulce Camino de Santiago

                Ha pasado un año, aunque parece que fue ayer, desde que me atreví a poner en marcha uno de los grandes retos que tenía en mente desde hacía mucho tiempo: hacer el Camino de Santiago.

                Imaginas los verdes y hermosos paisajes que te llegan a través de la televisión; lees relatos interesantes acerca de otras costumbres y formas de vida; escuchas atentamente las increíbles historias de aquellos que, afortunadamente, han podido vivir esa aventura…. Y, entonces, te planteas: ¿podré hacerlo yo?

              Para muchos de ustedes, no deja de ser una simple pregunta; sin embargo, cuando la diabetes forma parte de tu vida, son muchas las dudas y los miedos que te invaden antes de tomar una decisión, pues aunque gran parte de los hándicap sólo existen en tu mente, los diabéticos solemos darle muchas vueltas a la cabeza.

                Y así fue como empezó todo. Sin prisa, pero sin pausa, comencé a entrenar y a introducirme en otro “mundillo” que, hasta entonces, también era nuevo para mí: el senderismo.

                Poco a poco, fui pasando de caminar una hora por las calles allanadas del pueblo a ampliar el tiempo y la dificultad del recorrido. Mucho tuvo que ver en eso mi gran amigo Rafael Serrano, al que agradezco enormemente su compañía y apoyo. Con él, no sólo fui consciente de lo saludables que resultan estas “caminatas” que, a veces, excedían las 5 horas diarias, sino también de los maravillosos paisajes montañosos que nos ofrece nuestra tierra, el Marquesado del Zenete, y que nunca me había parado a observar.

        Así, con el paso del tiempo, comienzo a verme mejor tanto física, como anímicamente. Voy conociendo mi diabetes, cómo respondo en el tiempo y en el terreno, o qué cantidad de insulina e hidratos necesito en cada ruta.  Y si a ello le añades unos magníficos controles de las glucemias y unas inmensas ganas de sumarme a la aventura, era lógico acabar tomando una decisión más que correcta: era la hora de caminar rumbo a Santiago; me siento capaz y quiero probarme.

                Chubasquero, ropa de abrigo, linterna, saco de dormir y, por supuesto, un buen calzado para todo lo que estaba por recorrer. Después de tantos días preparando mi esperado viaje, me sentía como un niño pequeño con sus juguetes nuevos esperando a estrenarlos cuanto antes.

                Por fin llegaba el momento de partida: casi 160 km de trayecto, una semana, 8 amigos, la diabetes y las incógnitas del camino. Nervios, muchos nervios; pero, sobre todo, un gran entusiasmo es lo que pude sentir en este inicio del Camino.

                He de reconocer que los dos primeros días fueron duros: muchas horas de viaje, nuevas rutinas, cambios climáticos que nos hicieron pasar del calor de Granada al frío del norte e, incluso, albergues cerrados que nos obligaban a seguir caminando hasta algún pueblo cercano es busca de refugio. Y, por si fuese poco… ¡Galicia en alerta por viento y lluvia! Ahí aprendí de qué trataba la tan famosa “ciclogénesis explosiva” que de vez en cuando ocupa el espacio de los telediarios.

                Sin embargo, pasados estos días de adaptación en los que los niveles de glucosa solían tambalearse, fui descubriendo la mejor forma de mantenerme, de encontrar la dosis correcta. Mis compañeros, a los que al principio les acechaba el miedo de “¿y si te pasa algo?”, fueron viendo que yo era uno más. Tan sólo tenía que parar durante unos segundos a medirme la glucosa para, después, seguir caminando; a mi ritmo, al lado de ellos, no había de qué preocuparse. Casi sin quererlo, se habían convertido en expertos de la diabetes.

Y así, paso a paso, se iba haciendo el camino.

            Cada día se resumía en una nueva aventura, un paisaje, un esfuerzo más. Disfrutar de la gastronomía típica de la zona, pasear por sus calles, visitar sus monumentos, conocer a gente de cualquier parte del mundo… Momentos duros en los que la glucosa no acompañaba y momentos perfectos que te invitaban a disfrutar; comidas que nunca habías probado y te obligaban a pensar: “¿y, ahora, qué cantidad me pincho?”

                En cualquier caso, de todos los momentos se aprende: de los buenos y de los no tan buenos. La clave es mirar siempre al frente y seguir caminando, aprendiendo, disfrutando, pues eso es el camino. Recordar que la diabetes viene conmigo y no yo con ella.

                Ya en Santiago y de una pieza, sin rozaduras ni problemas mayores, es imposible no mirar hacia atrás, hacer balance del Camino, tan duro a ratos y tan gratificante al avanzar. Eres consciente de todo lo que has aprendido sobre diabetes, de cómo te has repuesto de las condiciones más adversas, de lo errado, de la adaptación a cosas desconocidas…

                Como dice una canción “llegar a la meta no es vencer, lo importante es el camino y en él, caer, levantarse, insistir y aprender”.

                Y es que el camino no empieza ni termina en Santiago, el camino es el que tú recorres día a día en tu vida. De ti depende avanzar, disfrutar, aprender de los momentos más complicados; de ti depende que la diabetes sólo sea tu compañera de viaje y no al revés; de ti depende elegir el buen camino.

“Aunque hubiera recorrido todos los caminos, cruzado montañas y valles desde Oriente hasta Occidente, si no he descubierto la libertad de ser yo mismo no he llegado a ningún sitio”.

img-20150923-wa0004

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s